sábado, 14 de marzo de 2009

xx. Humareda .xx

Era amor puro por más que me todavía me miren con incredulidad al mezclar esas dos palabras con tu nombre: yo sé que lo era, que habría entregado mi vida si peligrase la tuya. Sé que te habría seguido al fin del mundo y que al primer sonido de tu voz me estremecía sintiendo un escalofrío que agitaba todo mi cuerpo. Éramos fuego y al final la lluvia nos convirtió en humareda.

No sé cómo pasó, fue culpa de los dos. Tu miedo y mis temores sabotearon nuestra historia y hoy me sorprendo con las mejillas mojadas, preguntándome dónde estarás, cuestionándome qué es lo que hicimos mal.

En el espejo mi reflejo se burla de mí y cuando le pregunto si algún día volveré a sentirme como cuando estaba contigo se pone serio. Clava sus ojos en los míos, me tiende la mano izquierda atravesando el cristal para acariciarme y al final me sonríe. Mi reflejo se llama esperanza y mi biblia ilusión. No sé si hoy te encuentras lejos, pero tu recuerdo perdura en mi memoria como un edificio viejo en una ciudad en la que pronto volverá a salir el sol.
David Waldorf.

miércoles, 11 de marzo de 2009

xx. Café .xx

Ocho de la tarde, una taza de café caliente desafiando el frío invernal y una máquina de escribir esperando para reflejar mis sentimientos, mis vivencias, cualquier estupidez que se me pase por la cabeza.

Sin darme cuenta he comenzado a perfilar letras con un objetivo claro, demostrarte lo que siento, comunicarte que el tiempo corre lento desde que me fijé por primera vez en tus ojos, desde que tu aroma marcó la herida que llevo colgada hasta ahora, la de tu amor.

No entiendo, no encuentro fórmula matemática para explicarme cómo ha podido detenerse todo en mi mente para dejar un único pensamiento en ella, el de tu imagen viniendo hacia mí, una y otra vez. Suena a tópico, lo sé, eso de que te digan que estás permanentemente en la cabeza de alguien suena a escena anticuada de película, pero no, es real, juro y perjuro que cada segundo que pasa te paseas con elegancia y perversión por dentro de mi cuerpo. Juraría estar observándote leyendo esta carta, mirando en este espejo en el que no verías ni la milésima parte de lo que siento por ti. Te veo.
David Waldorf.

lunes, 9 de marzo de 2009

xx. A ciegas .xx


Siento una caricia al despertar, una llama blanca en mi oscuridad, no sé qué duele más...si vivir el mundo sin ningún sentir o amar a la mentira que te hacía feliz; tu recuerdo sigue aquí. Encontrar maquillaje en la verdad, una duda sin final. No quiero más, la falsedad de tu mirar es lo que te impide amar. Hoy empiezo a volar. Llueven mis sueños sobre realidad, llueve el pasado de lo que será. Desear tocar el mar, sentir sin más, leerte en braile hasta el final, rebobinar el tiempo atrás, mirar sin ver que en verdad ya no estás. Marcho hacia delante sin palpar esta herida abierta que me hacía gritar, que ahogaba al suspirar. Risa, vida, calma en mi soledad. En mis ojos negros no hay lágrimas, sólo hay tranquilidad. Seducir los minutos del reloj, cada instante, cada emoción. Ya no hay gris, duele extrañarte así. Llueven mis sueños sobre realidad, llueve el pasado de lo que será. Desear tocar el mar, sentir sin más, leerte en braile hasta el final, rebobinar el tiempo atrás, mirar sin ver que en verdad ya no estás.


miércoles, 4 de marzo de 2009

xx. Aproximación .xx

Llevo unos días preparando a fuego lento un relato especial. Digo especial porque hasta dentro de un largo periodo de tiempo será el último relato corto que escribiré, y porque quiero que cada uno de los párrafos escritos en él hagan sentir algo especial a todo el que lo lea. Digo especial porque en muchas de las palabras que voy escribiendo en él se esconden secretos convertidos en letras que quieren conseguir transformar mi alma en varias páginas escritas de las que pueda aprender algo al releer. Va a fuego lento, muy despacio, y me está gustando. La imagen que se muestra en esta entrada tiene mucho que ver y, en cuanto a lo que ya está escrito, aquí os dejo un pequeño adelanto:


En esta residencia de mala muerte raro es el día en el que no tengas que saludar a los dos médicos calvos que cada vez que aparecen lo hacen para llevarse el cuerpo inerte de alguno de los abuelos que conviven contigo. Siempre que los veo pienso que antes o después vendrán a llevarme a mí también, y me muerdo el labio para que ninguna de las chicas que nos cuidan me vea llorar. Cuando les preguntas quién ha sido esta vez, se hacen las tontas e intentan cambiarte de tema; aquí nadie quiere conjugar en pasado los verbos de los que ya no están.









David Waldorf.

lunes, 2 de marzo de 2009

xx. Oruga .xx

Recuerdo que leía las primeras páginas de A tres metros sobre el cielo de Federico Moccia. La idea de leer una bonita historia de amor mientras el tren corría hacia la universidad me borraba de la cabeza el miedo que tenía al primer día de clase. Dejar Galicia para venir a estudiar a Madrid había sido difícil. El olor de mi origen, los lugares por los que paseaba y mi abuela anciana se quedaron allí, refugiados en verbos que conjugo en pasado.

Nunca he sido una chica independiente, cuando cursaba los últimos años de instituto en mi ciudad, Orense, repartía mi tiempo libre entre la lectura y la pintura. Jamás he tenido una familia de verdad, desde que tengo uso de razón me recuerdo en brazos de mi abuela, la única persona de mi sangre que he conocido en mis veinte años de edad. Tampoco he viajado, tal vez por eso esta ciudad se me hace demasiado grande.

Llegué a la capital hace dos semanas, tras conseguir en la selectividad una de las notas más altas de toda Galicia. Gracias a una beca he conseguido estar en este lugar, con el objetivo de cursar la carrera de Comunicación Audiovisual. No me hacía especial ilusión dejar mi ciudad pero, según la mayoría de mis profesores, venirme a Madrid era la opción más acertada que podía tomar si quería ser alguien, algún día, en el mundo de las cámaras y los guiones.

Intento no pensar mucho en la abuela porque si lo hago se humedecen mis ojos en milésimas de segundos. Ella ha sido todo lo que yo he entendido como familia y ahora estoy sola en esta gran ciudad. Cuando era pequeña me contaba un cuento cada noche que yo releía cuando amanecía, antes de tomar el desayuno para ir al colegio. Aunque los ochenta años empiezan a pesarle y su memoria a veces le falla, una sola de sus miradas sigue devolviéndome la calma como hacía años conseguía al hablarme de príncipes y dragones. Ya no hay ni cuentos ni miradas, sólo un libro de Moccia, una mochila mojada y un tren que tomar todas las mañanas.

En el tren hay algo más, un momento. Con lentitud bajo el libro que cubre mi cara y le encuentro frente a mí. Un chico de mi edad, con vaqueros ajustados y un flequillo de varios centímetros que ocultan los auriculares que dejan escapar varias notas que llegan hasta mis oídos. Sus facciones son fuertes, y cuando por descuido me mira a los ojos siento lo mismo que la vez que casi me ahogo en la piscina municipal sin que nadie se percatara de mi presencia, pero esta vez alguien me ve: ÉL.

Vuelve a bajar la mirada al cuaderno que sostiene sobre las rodillas, con una pequeña sonrisa que le hace parecer un niño… y de pronto mi fantasía se pone en marcha. Me imagino con el chico del flequillo en una casa grande llena de ventanas y flores de todos los países del mundo. Veo dos niños, ambos varones: los llamaríamos como él quisiera. Formaríamos una familia que celebraría todos los años la navidad, y él me haría el amor todas las madrugadas, cada vez de forma distinta. Se casaría conmigo, viajaríamos con frecuencia y me repetiría todas las mañanas lo mucho que me quiere y lo necesaria que soy para él. Siento que mi corazón late cada vez más rápido recordándome que apenas quedan dos paradas.

Junto a él me convertiría de oruga a mariposa y cada sábado me pintaría los labios rojos, muy rojos, para dejarle marcado y que se enfadase conmigo. Llegaría a ser una octogenaria como la abuela, pero no estaría sola. No lloraría a escondidas como ella, ni me refugiaría en la soledad como hasta ahora, y amaría a alguien por primera vez. Me conocería, se enamoraría de mí, saldríamos juntos y se casaría conmigo. En los momentos felices dibujaríamos arcoíris con nuestras sonrisas, y en los malos me comería sus lágrimas. Ya no volvería a sentirme sola en esta gran ciudad: él sería mi familia, el abrazo intenso que me rodease sin que yo tuviese que pedirlo. Él me dará la mano en la última estación.



David Waldorf.